jueves, 1 de mayo de 2014

LOS HABITANTE DE LA CALLE Y LA INDOLENCIA DE QUIENES LAS TRANSITAMOS.

                                                                           Imagen de la WEB


Una de esas noches bogotanas, luego que el sol ha realizado su aparición muy temprano y los suéteres, buzos y gabanes, vuelan por los aires o se quedan colgados de las sillas de los sitios de trabajo, y el exceso de calor hace de las suyas, obligando al transeúnte a andar con ropa ligera, o  procurando no salir, para que esos 2.600 metros sobre el nivel del mar, no nos deje más cerca de un cáncer de piel, la noche se torna horriblemente fría, el viento sopla una brisa helada y el cielo se cubre con mantas negras, evitando que las nubes se conviertan en trozos de hielo.

En una de estas noches, los habitantes de la calle, con sus vestidos de harapos, arrastrando los pies y la tristeza, recorren las calles, buscando sitios donde pasar la noche.

Sus ojos vagan por lugares extraños y sus pies danzan el baile del hambre, cargan sobre si un olor característico, sus cabellos permanecen adheridos al cuero cabelludo, como si estuvieran totalmente pegados al mismo; a su lado, caminan perros de todas las razas y colores, no se les desprenden, caminan al paso de sus amos, ya no le aúllan a la luna, famélicos transitan el centro de la ciudad.

Ellos, los habitantes de la calle llevan entre sus manos, un pequeños frasco de "pegante", el cual sale por entre el cuello de sus camisetas, lentamente, lo van absorbiendo para sentir que sus cuerpos se reaniman y poder así olvidar que no han comida nada y que deben buscar sitio donde pasar la noche.

Cualquier espacio desocupado, un andén con techo, es el sitio ideal para acostarse a dormir, es así que toman sus cartones y los extienden, colocan como almohadas, sus costales y los perros, se acomodan al pie de ellos, todos tiritan de frío, se apretujan, dándose un poco de calor, papel periódico y plásticos les sirve de cobijas.


Allí, los despierta el baldado de agua fría, que les tira el dueño del negocio, quien lava su espacio, mientras que el agua penetra sus huesos, sus miradas torvas y frías, miran sin mirar, las lágrimas salen de sus ojos, y los perros continúan tiritando de frío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario