miércoles, 1 de junio de 2016

ABRAMOS LOS OJOS

                                                                                                    Imagen de la WEB


“El nuevo orden mundial, nos tiene que llevar a una profunda reflexión, si queremos seguir viviendo”

Un día cualquiera mis pasos se encaminaron hacia el supermercado, no  imaginaba que iba a encontrarme con el verdadero significado de aquella sigla, que diariamente retumba en mi cerebro, a la cual he tratado de darle una explicación que se salga de toda lógica y que me lleve a la conclusión que no estamos en peligro.

Iba por la Avenida Jiménez, sitio por donde transitan unos “borradores” de color rojo llamados Trasmilenio, cargados de pasajeros autómatas o soñadores, que piensan diariamente que  en nuestro país no sucede nada, quienes moviéndose al ritmo de esa fuerza denominada en la física como inercia, se rozan, algunos conversan, otros ríen y no pocos duermen hasta llegar a su destino. Reflexioné sobre todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor, sobre las políticas implementadas por todos los corruptos que Nosotros elegimos cada cuatro años y caí en cuenta que esa calle ya  no era un bien  público, había sido entregada a grandes magnates del transporte, y solo pueden circular sus  relucientes buses rojos, esto fue solo un corto  pensamiento, no obstante lo peor estaba por llegar.

Entré al Supermercado, tomé el carrito y comencé a ver una serie de artículos importados, casi que enloquecida comencé a llenarlo presa de una gran excitación, era imposible que todo estuviera tan barato, pero esto fue solo cuestión de minutos, luego mi corazón explotó de dolor, estaba de frente a la realidad, ese hígado importado a $2.400 pesos la libra, cuando hasta hace poco pagaba $4.900 pesos, ese espagueti a $600,00 pesos, cuando las pastas de mi país costaban $1.350 pesos la media libra, era lo que me separaba del hambre y la miseria de mi país.

Pasaron por mi mente los fabricantes de calzado, los textileros, los agricultores, los trabajadores despedidos de las fábricas, la quiebra de la industria nacional, el paro de los cafeteros, de los arroceros, la sangre de los campesinos que se ha derramado en el Catatumbo, el campesino cultivando su pequeña parcela, y me pregunté: ¿será  que vale la pena contribuir a la quiebra de mi país?, entonces afloró esa conciencia del buen ciudadano, de aquel que ama profundamente a su patria  y comencé a devolver todo lo que había adquirido a precios irrisorios y me carrito se llenó de PATRIA COLOMBIANA, ENFRENTANDO DE UNA VEZ POR TODAS A ESA TEMIBLE REALIDAD, LOS TRATADOS DE LIBRE COMERCIO-TLC.





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